Vicente es un portento de
quilates sin oro.
Un gráfico a la honestidad
con cáscara.
Empaqueta la luz a distancia y
la envía cerca,
metiéndosete en los ojos
como una brizna de paja.
¿Dónde está la trampa?
La gran pregunta menuda.
¿En su poesía clavada por
la que despeñarme sueño en un ataque de
cascada?
Despejar la incógnita a la inocencia sabia.
Late que hoy no es ayer
ni mañana.
Te o aseguro y
no hay seguro que cubra
la desesperanza.
Un puñado de vida
rebujo ultrajado sin traje.
Trae dolores de la mano,
hermanita de la caridad,
limosna seca.
Juerga de ovillos
desmadejado de perdones
y de ofensas.
El sufrimiento es una cadena beata
que arrastra,
cual preso.
No va donde va la gente,
el muy Vicente.
La gente que corre a
sacar su billete a esa felicidad
desgastada por el uso
Solo el amor solo
es vacío y abuso.
Yo le digo:
No te dañes más, casi amigo.
Verás,
los años pasan.
Deja pasar con ellos los
desengaños.
Que mueran en el más allá.
Más acá y más adentro
tienes la paz esperándote.
el mar y el aire.
Y algún pequeño cielo
con su júpiter compañero
dentro,
que tanto y tan bien sabe
escucharte.
Pero desconfiará de mis palabras,
seguramente,
porque
"la mujer engaña, destroza,
vapulea de lo lindo" su
agria imaginación de niño.
El corazón rozado de
locura y espanto.
Y tristeza.
Ay, cuántos cuentos se cuenta de finales
infelices,
este Vicente...
Reacciones en cadena
a las buenas acciones
ajenas.
Que no se me vaya de
cicatrices a llenar el alma,
piensa.
Mientras las cicatrices ríen
y su alma sueña
una vida dulce en medio de
la amargura.
Deposite su moneda en la
ranura.
Aquí tiene su poema.
Gracias.
Ángeles Córdoba Tordesillas (Gandía, 20 de agosto de 20)
Dedicado a Vicente Duarte